Mueca.

Es como esas noches donde el pavimento refleja el rojo y verde del semáforo. Lo helado de la madrugada te penetra por la nariz sin embargo no tenés frío. Avanzás con una mueca en la cara que no se parece a una sonrisa pero dista de ser tristeza. Es más bien resignación. Es la cara que ponías cuando en el paquete de figuritas te tocaba una buena pero no la que esperabas. Estaba bien pero qué bajón. Era como que te elijan penúltimo después del pan y queso para jugar en el equipo. Era como un beso en la comisura de la boca. Casi, pero no.

Así se sintió después de decir ese último nos vemos.

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Atemporal

El subte está bastante lleno. Alcanzamos a bajarnos apenas nos dimos cuenta que estábamos yendo para el otro lado. Nos pasamos tres o cuatro estaciones antes de percatarnos de lo que hicimos. Así como subimos, bajamos. Sin apuro. Relajados. Viviendo un día atemporal. Cata no paraba de reírse y yo no podía dejar de mirarla. Es increíble lo que sucede cuando uno se deja llevar, las cosas de pronto adquieren un nuevo significado y aquello que no es necesario deja de ser importante. En la estación charlamos, nos reímos y tonteábamos con nuestros cuerpos. Rozábamos nuestras manos y nos chocábamos en movimientos tambaleantes de valor, queriendo abrazarnos pero conteniendo las ganas. Como cuando estás en una hamaca y no te animás a saltar. El vértigo se siente en la boca del estómago pero el resto del cuerpo no responde. Así estábamos. Y eso estaba bien.

Así como bajamos, subimos. Pero esta vez nos recibió algo distinto. El vagón estaba repleto de caras llenas de rutina. En la mirada de ella se podía ver el reflejo de la tristeza y el cansancio de esos rostros. Me toma de la mano y tratamos de ubicarnos entre la gente como podemos. Apretados llegamos a ponernos al lado de un poste. La vibra cambió de golpe. Nos envolvía y ese día atemporal comenzaba a desvanecerse, lentamente la niebla se disipaba. Me miraste y me dijiste que nunca te gustó el subte a esa hora, que era un quilombo y siempre uno terminaba todo gris. Me gustaba como usaba los colores para describir los estados de ánimo. En esos días Cata estaba muy naranja. Ahora, no sé por qué, imagino que azul.

Coincidir con alguien en tiempo, espacio y dimensión es algo tan difícil y aleatorio como pegarle a una uva con una flecha. Puede suceder, pero la cantidad de hechos que tienen que ocurrir para que suceda son incalculables. Pero contra todo pronóstico, ahí estábamos. Presentes en ese preciso momento, sabiendo que quienes tenían el poder de cambiar de color no eran los de gris sino nosotros. La vibra comenzaba a calibrarse. Catalina saca sus auriculares y sin decirme una palabra me da a entender lo que quiere. Saco mi celular y simplemente presiono play. No recuerdo qué música sonaba pero no puedo olvidar la manera en que su cara encajó perfectamente en mi cuello. Cómo era increíble que estuviésemos parados a sesenta kilómetros por hora. Ahí. Presentes. Pre-sentes. En la misma frecuencia compartiendo el mismo aire. Delante del tiempo, en nuestro día atemporal.

Recurrente.

Cuando pienso en vos me agarra picazón. No como una alergia sino mas bien como una reacción. De esas que le agarran a alguien con mucho estrés. Como cuando sabes algo y te hacés el desentendido. Ignorás el tema a propósito esperando que así desaparezca.

Y no. No funciona así. No desaparece.